Mientras los sectores de siempre insisten en anunciar el colapso del proyecto de cambio y los medios tradicionales se empeñan en construir narrativas de catástrofe inminente, las cifras del DANE vienen a recordarnos una verdad incómoda para quienes apostaron al fracaso: el campo colombiano generó 4,8 millones de empleos en 2025, la cifra más alta desde 2021, con 3,4 millones de personas trabajando directamente en agricultura, ganadería, pesca y actividades afines, un crecimiento de 103.000 empleos frente al año anterior que representa el incremento más alto en los últimos seis años. La tasa de desocupación rural cerró en 6,7%, la más baja en siete años, mientras la tasa de desocupación nacional cayó a 8,9%, la más baja de toda la serie histórica desde 2001, según confirmó la directora del DANE, Piedad Urdinola. Estos no son meros números en un informe técnico: son vidas campesinas que recuperaron dignidad, familias rurales que volvieron a creer en su territorio, una Colombia profunda que por décadas fue abandonada y que hoy renace como protagonista del presente productivo del país.

La ministra de Agricultura, Martha Carvajalino, lo dijo sin eufemismos: «el campo colombiano no es el pasado; es el presente productivo y el futuro del país, gracias a las políticas de cambio implementadas en el Gobierno del presidente Gustavo Petro». Y tiene razón. Durante décadas escuchamos el mantra neoliberal de que el agro era ineficiente, que había que importar alimentos, que el campesino debía migrar a las ciudades porque el futuro estaba en los servicios y las finanzas, mientras el latifundio improductivo seguía intocado y los territorios rurales se convertían en zonas de guerra y abandono estatal. La Revolución por la Vida y los avances de la Reforma Agraria están demostrando que otra ruta es posible: un campo que genera empleo digno, que fortalece la seguridad alimentaria y que recupera su lugar como motor de crecimiento y cohesión social. Las cifras del DANE no mienten, y obligan a una pregunta incómoda para quienes se opusieron sistemáticamente a estas políticas: ¿seguirán negando la evidencia o tendrán la honestidad de reconocer que apostarle al campesinado y a la producción agropecuaria con enfoque social no solo era necesario, sino que funciona?