Pietro Lora Alarcón_ El mensaje del movimiento No Kings, oposición a Donald Trump en Estados Unidos, es claro y contundente: “La policía secreta aterroriza a nuestras comunidades. Una guerra ilegal y catastrófica nos pone en peligro y dispara nuestros gastos. Ataques a nuestra libertad de expresión, nuestros derechos civiles, nuestro derecho al voto. Costos que empujan a las familias al límite. Trump quiere gobernarnos como un tirano. Pero esto es Estados Unidos y el poder reside en el pueblo, no en aspirantes a reyes ni en sus compinches multimillonarios”. Y añade un llamado: “Hay que organizarnos y fortalecer el poder local, para enfrentar los abusos y amenazas del ICE, haciendo acciones no violentas que rechacen el statu quo”.
La táctica ha dado resultado. Las manifestaciones del 28 de marzo contaron con nueve millones de personas y más de 3.300 actos, un aumento de dos millones de participantes respecto a la jornada anterior. Las primeras movilizaciones apenas reunieron 40 mil personas. Aún falta para cumplir el llamado “factor 3,5 %”, que consiste en movilizar a 12 millones de personas, teniendo en cuenta que Estados Unidos tiene aproximadamente 380 millones de habitantes.
Otro factor positivo es la ampliación de las reivindicaciones. De la consigna ¡Fuera Trump! se pasó a exigir parar la agresión contra Irán, dejar a Cuba en paz, cesar el exterminio contra Palestina y construir una sociedad “sin millonarios” y “sin guerras”. Son acciones de masas con presencia de sindicalistas, estudiantes, movimiento feminista, comunidad LGBTQ+, luchadores contra el racismo, instituciones de investigación científica e incluso del Instituto Nacional de Salud, que se oponen al recorte de recursos públicos impulsado por Trump.
En medio de las agresiones imperiales de años atrás contra Irak y otros pueblos, el lingüista Noam Chomsky afirmaba que lo que ocurre en Estados Unidos repercute directamente en el resto del mundo, y a la inversa: todo lo que ocurre en el mundo impacta al interior de Estados Unidos. Históricamente, la reacción de la población estadounidense autoriza o frena las pretensiones guerreristas de sus gobiernos. Por eso estas protestas no son noticia solo por su dimensión, sino porque constituyen una movilización organizada cuando los retoños del fascismo se instalan en el mundo pretendiendo responder a la crisis con más explotación y violencia.
En círculos académicos y políticos de Estados Unidos se habla abiertamente de la brutalidad de la guerra como parte de un plan de reconfiguración geopolítica que Trump cree indispensable para Hacer América Grande de Nuevo, pero que genera muerte, amenazas e inseguridades, incluso para su propia población. La clase dominante está atenta a las protestas contra las redadas del ICE, que obligaron a Trump a retroceder en Minnesota, y sobre todo a la reacción popular por el aumento del gasto militar y el recorte de recursos para servicios públicos. Por otro lado, sectores de las fuerzas armadas recuerdan que, desde el fracaso en Vietnam, la regla es que las guerras deben ganarse “rápida y decisivamente” para no producir una crisis interna de proporciones inéditas. Las guerras son analizadas como asuntos públicos, sustentadas por la carga tributaria, y no deben ser clandestinas ni sin motivos claros.
Movimientos como No Kings no surgen por casualidad. En Estados Unidos hay un ascenso de acciones populares y una ola de acción sindical fomentada por el class struggle unionism –sindicalismo de lucha de clases– inspirado en la poderosa tradición sindical anterior a la Segunda Guerra Mundial. Este movimiento ha cobrado fuerza denunciando el deterioro de las condiciones laborales y los millones de empleos perdidos por el offshoring (producción industrial fuera del territorio para reducir costos y pagar salarios inferiores). Jóvenes trabajadores del “movimiento sindical anticapitalista” participaron activamente en las campañas presidenciales de Bernie Sanders en 2016 y 2020. Este sindicalismo reivindica las acciones de masas directas, como planteaban a comienzos del siglo XX el Congress of Industrial Organizations (CIO) y el Partido Comunista, y combate el sindicalismo de negocios y el sindicalismo social, dos corrientes con nexos con el Partido Demócrata que mantienen profesionales desligados de las bases negociando bilateralmente con grandes empresarios y transnacionales.
Los lazos del movimiento social organizado se hicieron evidentes por la ocupación de las calles no solo de Minnesota, sino de Washington, Nueva York, Pittsburgh y las ciudades gemelas, Saint Paul y Minneapolis. También por la participación de estadounidenses en marchas junto a los movimientos de resistencia contra el rearme y la guerra en varias capitales de Europa, generándose un ambiente de lucha en favor de la paz, fundamental para la coyuntura actual.
La Casa Blanca dice que las marchas son “sesiones de terapia” que “no tienen influencia en la política del país”. Sin embargo, Trump tuvo que hacer cambios en el Departamento de Seguridad Nacional y 36 representantes republicanos anunciaron que no serán candidatos en las elecciones de noviembre. El movimiento No Kings mantiene la llama encendida y programa manifestaciones para el 12 de abril, invitando al pueblo a “planificar los próximos pasos”, y advierte que cuenta con “un kit de herramientas con todo lo necesario para facilitar la movilización”. Su mensaje es directo: transformar la movilización en organización. ¡Esto no ha terminado!