*HERNAN CAMACHO El encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump este 3 de febrero no es una simple cita protocolar: es el pulso entre dos visiones antagónicas del poder y la soberanía continental. Petro es un presidente que no ha claudicado ante las presiones imperialistas, que rechazó el secuestro de Nicolás Maduro orquestado desde Washington y que ha denunciado sistemáticamente las amenazas de agresión contra los pueblos latinoamericanos por contradecir los intereses hegemónicos estadounidenses. Esta visita a Washington no es un acto de sometimiento sino de confrontación diplomática. El gran logro de la visita es notificar que bajo el gobierno del Pacto Histórico Colombia no puede ser un protectorado gringo sino una nación soberana.
Más allá del ritual diplomático, el mandatario colombiano lleva bajo el brazo resultados concretos que desmienten la narrativa belicista y prohibicionista que Washington ha impuesto durante décadas. Petro presentará cifras contundentes de su política pública contra el narcotráfico que ha reorientado el combate hacia las finanzas de las organizaciones criminales, un enfoque certero sobre el patrimonio ilícito y una estrategia de incautaciones que está debilitando estructuralmente a los carteles, demostrando que es posible enfrentar el crimen sin militarizar territorios ni perpetuar el fracaso de la guerra contra las drogas.
Pero Petro no viaja solo a exponer logros: va a exigir respeto y a defender la dignidad nacional frente a decisiones unilaterales inaceptables como la inclusión de su nombre y el de su familia en listas de embargo que bloquean sus finanzas sin fundamento jurídico, una agresión directa contra la investidura presidencial y la soberanía colombiana que no puede quedar sin respuesta. Ante Trump, el presidente colombiano debe elevar como grito de resistencia la necesaria integración latinoamericana, esa unidad de los pueblos del sur que constituye la única defensa real frente a las imposiciones del Norte. La paz continental no se construye recibiendo más misiles ni aceptando bases militares, sino colocando las diferencias en clave de diplomacia y política, apostando por el diálogo permanente entre naciones iguales y soberanas.